

El valenciano García-Margallo en un programa de Todo Es Mentira./CUATRO
No es algo que ocurra todos los días. Enciendes la televisión, aparece una mesa de tertulia política y, contra todo pronóstico, alguien habla con sentido común. Sin aspavientos, sin consignas y sin necesidad de levantar la voz. Eso es lo que suele pasar cuando el ministro de Exteriores, el valenciano José Manuel García-Margallo, se sienta en Todo es Mentira.
No hace falta compartir su ideología para reconocerle una virtud cada vez más escasa: piensa lo que dice y dice lo que piensa. Margallo no va al plató a ganar un combate de boxeo verbal ni a coleccionar titulares para redes sociales. Va a explicar, a poner contexto y, de paso, a dejar alguna ironía fina que no insulta la inteligencia del espectador. Inteligente y gracioso.
En un programa donde a menudo se confunde opinión con ruido, su presencia introduce algo casi subversivo: calma. Habla de Europa, de economía o de diplomacia con la naturalidad de quien ha estado allí y sabe que los problemas complejos no caben en eslóganes. Y eso, curiosamente, engancha más que el griterío habitual.
Margallo recuerda que la política también puede ser pedagogía, no solo espectáculo. Que discrepar no exige descalificar y que el humor puede ser inteligente sin necesidad de ser cruel. Frente a tertulianos que repiten el argumentario del día como si les fuera el sueldo en ello, él aporta memoria, experiencia y una cierta distancia irónica que se agradece.
No se trata de idealizar a un exministro ni de hacer revisionismo amable. Se trata de algo mucho más simple: da gusto escuchar a alguien que no trata al espectador como a un tonto.
Y tal vez ese sea el mayor mérito de Margallo en TEM: recordarnos que, incluso en la televisión política actual, pensar sigue siendo una opción.