
Eurovisión dejó hace tiempo de ser únicamente un festival de canciones, luces y coreografías imposibles. Quien todavía pretenda reducirlo a una simple competición musical vive anclado en otra época. Hoy, el certamen europeo es también un escenario político, diplomático y geoestratégico donde cada gesto cuenta y donde las contradicciones quedan expuestas ante millones de espectadores.
Por eso, la postura adoptada por RTVE durante esta edición merece reconocimiento. La cadena pública española decidió mantener una actitud firme y visible respecto a la situación humanitaria en Palestina, vinculando su cobertura de Eurovisión a una defensa explícita de los derechos humanos. En tiempos donde muchas televisiones prefieren refugiarse en la tibieza para evitar polémicas, TVE optó por posicionarse. Y eso tiene valor. Le siguieron después otras cuatro televisiones.
Sin embargo, la verdadera prueba no está en un mensaje puntual ni en un gesto concreto durante una final marcada por la controversia. La clave será comprobar si esa coherencia se mantiene en el tiempo. Porque si RTVE considera que existen razones éticas para cuestionar la presencia de Israel en el festival mientras continúe el conflicto y las denuncias internacionales sobre Gaza, entonces esa postura no puede diluirse en futuras ediciones por conveniencia política o presión mediática.
La coherencia será imprescindible también cuando llegue otro debate que tarde o temprano volverá a la mesa: el posible regreso de Rusia al certamen. La Unión Europea de Radiodifusión expulsó al país tras la invasión de Ucrania bajo el argumento de que Eurovisión representa unos valores incompatibles con aquella agresión militar. Si esos principios siguen vigentes, deberán aplicarse con el mismo rigor en todos los casos, independientemente de alianzas, intereses estratégicos o afinidades diplomáticas.
Porque el mayor riesgo para RTVE no sería posicionarse, sino hacerlo de manera selectiva. Una defensa de los derechos humanos que dependa del país implicado o del contexto político internacional perdería toda credibilidad y acabaría interpretándose como un ejercicio de oportunismo o demagogia.
Eurovisión seguirá siendo espectáculo, música y entretenimiento masivo. Pero también seguirá funcionando como espejo de la Europa actual, con todas sus tensiones, hipocresías y contradicciones. Y en ese escenario, las televisiones públicas tienen la obligación de actuar con principios claros y, sobre todo, con memoria. Porque en un festival donde cada año se vota mucho más que canciones, la coherencia también debería puntuar.